El origen del belén es italiano, debido a la personalidad de San Francisco de Asís, quien popularizó el milagro del misterio del Nacimiento de Dios, en la noche de Navidad de 1223, en una cueva de Greccio, en la Toscana italiana. De este modo, la costumbre de su escenificación se extendió en las órdenes franciscana y clarisas, y posteriormente al resto de la Iglesia. Llegadas las fechas navideñas, no había iglesia ni convento que no montase su Belén, cada uno de acuerdo con sus posibilidades. Eran pues, belenes realizados en oro, marfil, coral, mármol, madera, terracota y, porqué no, de cartón recortado.

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Generalmente, en la confección de los pesebres actuaban las religiosas de los claustros, donde era costumbre solemnizar con especial devoción la Novena al Niño Dios y las fiestas litúrgicas de Navidad y Epifanía con sus respectivas Octavas.


Sea a través de la Orden Franciscana o de las Clarisas, lo cierto es que, en el resto de Europa se conoce la costumbre de realizar un Belén. Quedando como habitual en muchos conventos de monjas, no sólo la donación de una imagen del Niño Jesús al profesar en la vida religiosa, sino también la preparación de la cuna del Niño con bellos adornos de encaje y bordados que recibían el nombre de " Descanso de Jesús". Poco a poco, la primitiva y simple representación del misterio de Navidad salió a la calle y llegó a los templos seculares y a algunas casas nobles, de la misma manera que se fue incrementando el número de las figuras y su representación según las modas de la época.


A aquellas figuras de cartón se sucedieron otras de madera policromada que no sólo formaron parte de algunos retablos, que poco a poco se individualizaron como tal nacimiento en tierras centroeuropeas, llegando a dar origen en el Sur de Alemania a las más bellas representaciones en esta materia y de las cuales el Museo Nacional Bávaro de Munich tiene una amplia representación.


Italia dio lugar también a una importante manifestación belenística a partir de las figuras de cera, vestidas con el atuendo cortesano de la época, para luego crear en torno a Nápoles un gran centro de producción de terracotas, coincidiendo con el momento de mayor difusión por Europa.

El siglo XVIII será el que conozca las mejores y más importantes manifestaciones belenísticas de la mano de artistas inmortales como Guiseppe Sanmartino y Lorenzo Mosca.
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Las figuras de los belenes napolitanos que tanta relación e influencias habrían de tener en España, se enriquecieron con numerosos detalles cotidianos y con la representación de tipos populares que recogen en sus escenas algunos de los acontecimientos callejeros de la ciudad italiana.

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Mercados y traficantes, mendigos y cortesanos, niños, animales, curiosos, damas elegantes, pillos, objetos y miniaturas, fieles reproductores todos de una ciudad barroca, se encuentran repetidos y con múltiples variaciones en estas obras de arte.

La tradición napolitana se inicia con los belenes de Santa María la Nueva y de la iglesia de San José, el Mayor, de Nola. Las figuras son de madera y a mediados del siglo XVIII se inicia la construcción de figuras articuladas. Las piezas visibles de la figura, cabeza, manos y pies se modelan en barro, lo que permite una mayor meticulosidad en la imagen y luego se articulan, bien con armazones de alambre o de madera, vistiéndose finalmente con bellos ropajes.


Al mismo tiempo, Carlos III, luego Rey de España, estando todavía en Nápoles, acondiciona una sala de su palacio para la instalación de un gran Belén, que es visitado por el pueblo. La costumbre real, como es natural, es imitada por la nobleza y de ella pasa a la burguesía que a su vez la transmite al pueblo.


Sin embargo, la tradición belenística había comenzado a arraigar en España a partir del siglo XVI. Si bien la influencia napolitana se dejó sentir en la Península Ibérica posteriormente y de forma especial durante el reinado de Carlos III, en el que muchos artesanos italianos acompañaron al monarca, tras su nombramiento como Rey español.

Conviene recordar que la costumbre de los belenes ya tenía unas fuertes raíces en la centuria citada, aunque en relación con alunas iglesias y monasterios, pero su difusión no llegará hasta el siglo siguiente.

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Muy pronto aparecieron escultores artesanos importantes entre los que destacaron Luisa Roldán de Mena, más conocida como "La Roldana", en Sevilla, que fue una de las artistas barrocas más relacionada con este arte belenístico. Durante la segunda mitad del siglo XVII realizó diversas versiones de nacimientos en barro policromado para comunidades religiosas y particulares, labor que simultaneó con su trabajo de escultora.
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Quizá haya que destacar entre estas obras los dos conjuntos que conserva el Museo de Guadalajara que se le atribuyen y donde no sólo se representa el misterio de la Navidad, sino también a otros personajes como la abuela jugando con el Niño.

Otros nombres de gran resonancia dentro de la belenística española fueron, en Madrid, el padre mercedario fray Gutiérrez de Torices, con sus figuras de cera pintada; Francisco Salzillo en Murcia, el más alto exponente de nuestra imaginería; José Ginés en Valencia, y Ramón Amadeu en Cataluña.


En el siglo XVIII, Carlos III, hijo de Felipe V y rey de Nápoles, que a la muerte de su hermanastro Fernando en 1759 heredó la corona española, instaura el belén en la Corte madrileña, y la costumbre arraiga pronto en el pueblo, al igual que otras tradiciones de su anterior reinado.

Carlos III, imitado por nobles y ricos no sólo consiguió el triunfo, la consolidación del belenismo en España, sino que logró además proyectarlo a otros países.

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